sudadera con sus manos.
No había luz encendida.
Solamente una pequeña lámpara recargable iluminaba el piso.
Llevaba unos pantalones viejos y una camiseta demasiado delgada para el frío de aquella noche.
Sus dedos estaban enrojecidos.
A su lado, la lavadora funcionaba normalmente.
—¿Valeria?
Mi hija levantó la cabeza.
El terror que apareció en sus ojos me dejó inmóvil.
—¿Papá?
Se puso de pie tan rápido que tiró un poco de agua.
—¡No sabía que ibas a regresar!
—Se canceló el viaje, mi amor. ¿Qué estás haciendo aquí?
Miró la cubeta.
—