arroz, verduras y tortillas calientes.
Pero cuando coloqué los platos sobre la mesa, Valeria se quedó observándolos.
—¿Qué pasa, hija?
Sonrió tímidamente.
—Nada. Es que todavía se siente raro poder sentarme aquí.
Me senté frente a ella.
—Entonces tendremos que acostumbrarnos.
—¿A qué?
—A cenar juntos todos los días que podamos.
Valeria comenzó a reír.
Y aquel sonido llenó la casa de una manera que no había escuchado en años.
Seis meses después.
Llegó el cumpleaños número diecisiete de Valeria.
Esta vez no estaba trabajando en Monterrey.
No había llamadas