interrumpidas.
No había excusas.
Me levanté temprano y decoré la sala con globos de sus colores favoritos.
Claudia llegó con un pastel.
Sus amigas trajeron regalos.
También invitamos a algunos familiares que siempre habían querido a Mariana.
Cuando Valeria bajó las escaleras, todos gritamos:
—¡Feliz cumpleaños!
Se quedó inmóvil.
Miró los globos.
Las velas.
El pastel.
Y después me miró
a mí.
—¿Todo esto es para mí?
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Claro, princesa. ¿Para quién más?
Valeria comenzó a llorar.
Me acerqué.
—¿Qué pasa?
Negó