mamá…
Asentí.
—Se lo regalé cuando cumplimos un año de casados.
Mi hija comenzó a llorar otra vez.
—¿Puedo usarlo?
Sonreí.
—Siempre fue para ti.
Se lo coloqué alrededor del
cuello.
Y por un instante vi en su sonrisa algo de Mariana.
Aquella noche, cuando los invitados se marcharon, Valeria y yo nos sentamos en el jardín.
El aire estaba fresco.
Las luces de la casa iluminaban suavemente las flores.
Mi hija apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Papá, ¿puedo preguntarte algo?
—Lo que quieras.
—¿Todavía estás triste por todo