lo que pasó?
Pensé unos segundos.
—A veces.
—¿Por qué?
—Porque me duele recordar que sufriste mientras yo creía que estabas bien.
Valeria tomó mi mano.
—Yo también estoy triste a veces.
La miré.
—Lo sé, mi amor.
—Pero ya no tengo miedo de regresar a casa.
Aquellas palabras fueron el regalo más grande que pude recibir.
Durante años había pensado que mi trabajo consistía en pagar las cuentas, comprar comida y mantener un techo sobre nuestras cabezas.
Pero aquella noche comprendí que una casa no es un hogar solamente