la máquina.
Valeria bajó la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué?
—La lavadora es para la ropa de ellas.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Cómo dices?
—Verónica dice que gastar agua y electricidad en mi ropa es un desperdicio.
Sentí una presión terrible en el pecho.
Observé sus manos.
Tenía pequeñas heridas en los nudillos.
Cuando intenté acercarme, se bajó rápidamente
las mangas.
Ese movimiento me hizo sospechar.
—Valeria, enséñame tus brazos.
—No es nada, papá.
—Por favor, hija.
Tardó varios segundos en obedecer.
Cuando levantó las mangas, vi moretones amarillentos,