marcas oscuras y rasguños.
Algunas lesiones parecían recientes.
Otras llevaban varios días sanando.
Me quedé sin palabras.
—¿Quién te hizo esto?
Valeria comenzó a temblar.
—Me caí.
Me arrodillé frente a ella.
—Mírame, mi amor.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No quiero causar problemas.
Aquella frase me dolió más que cualquier golpe.
Mi hija tenía miedo de contarme lo que estaba pasando en nuestra propia casa.
No grité.
No llamé a Verónica.
No rompí nada.
Llevaba casi veinte años manejando camiones por carreteras peligrosas. Había aprendido que, cuando algo