comenzado a comprender por qué el mecanismo aterraba tanto a su padre.
—También sé de quién es el primer nombre que debo pronunciar —dijo.
El rostro de Gideon perdió el
color.
Durante un instante pareció incapaz de responder.
Después habló casi en un susurro.
—Rose, no digas otra palabra.
La niña extendió la mano.
Sus dedos se acercaron a la superficie de roble.
Margaret se levantó bruscamente.
—¡Rose, por favor!
Pero la pequeña ya había apoyado la mano sobre el mecanismo.
Su padre dio un paso hacia ella.
Y entonces