que siempre habías querido.
—Eso pensaba. Hasta que me descubrí calculando cuántos años tendrían que pasar para poder cenar contigo un miércoles cualquiera.
Lucía negó con la cabeza.
—No quiero convertirme en la razón por la que renuncies a todo.
—No eres una renuncia. Pero tampoco quiero que pensemos que un hijo solucionará lo que no supimos arreglar. Voy a seguir trabajando, solo que con unos límites que antes no me atrevía a poner.
Se quedaron sentados en el sofá, separados por apenas unos centímetros. Por primera vez, ninguno llenó