el silencio con promesas imposibles.
Empezaron a verse sin llamarlo reconciliación. Los miércoles cenaban juntos y los domingos caminaban por Pedregalejo. Mateo seguía teniendo urgencias, pero avisaba cuando podía. Lucía dejó de fingir que todo iba bien hasta explotar.
No siempre funcionó. Un jueves Mateo quiso telefonear a sus clientes para aplazarle una obra porque la notó cansada.
—No soy una paciente ingresada —le reprochó ella—. Soy una mujer que sigue tomando sus propias decisiones.
—Solo intento cuidarte.
—Entonces pregúntame cómo.
Mateo guardó el teléfono. Ella reconoció después que también