su hija—. Al final he sido yo quien te ha hecho daño.
Lucía no respondió enseguida.
—Lo que necesito de ti no es que decidas por mí. Es poder llamarte cuando tenga miedo sin que me juzgues.
Antonio le pidió perdón por haber intervenido a escondidas y por preocuparse más de la reputación familiar. Se quedó a comer. No habló de bodas.
Esa tarde hablaron de la llave amarilla. Mateo sacó una libreta y anotaron gastos, permisos y cómo compartirían los cuidados. Lucía no renunciaría al estudio ni él prometería