horarios imposibles. Decidieron buscar juntos otro hogar, sin prisas.
—¿Y si nos sale mal? —preguntó Lucía.
—Entonces seguiremos siendo los padres de nuestro bebé y nos trataremos con respeto —contestó Mateo—. Pero yo quiero que nos salga bien también como pareja.
Le tranquilizó más que un anillo. Por fin hablaban de decisiones concretas, no de un futuro aplazado.
Con los meses, Lucía aprendió a decir lo que necesitaba. Mateo reorganizó sus responsabilidades y rechazó otro traslado por decisión propia. Seguía amando su profesión, pero ya no confundía trabajar más con