interpretado el silencio como indiferencia. Él, por su parte, creyó que ella no quería volver a saber nada.
—Lo que te dije al despedirnos era mentira —confesó Lucía, con la voz quebrada—. Quería hacerte daño porque me sentía sola. Y lo conseguí.
Mateo miró hacia la ventana.
—Yo tampoco fui inocente. Llevaba años llamando «sacrificio por nuestro futuro» a dejarte esperando en el presente.
No hubo reconciliación milagrosa. Hablaron de las promesas incumplidas, de la rabia acumulada y de cuánto les había costado pedir ayuda. Cuando Lucía empezó a llorar,