de mí.
—Sí.
Asentí.
—Entonces te resultará fácil vivir sin mí.
Salí.
Mi madre me abrió la puerta en pijama.
—¿Qué haces aquí?
Entré con una maleta.
Me miró.
Después miró la maleta.
—¿Discutieron?
—Terminamos.
Su cara cambió.
—¿Qué?
—Daniel y yo terminamos.
—¿Por qué?
Me quité los zapatos.
—Porque ya no quiero estar con él.
—¿Pero qué pasó?
—Muchas cosas.
—¿Te fue infiel?
—No sé.
—Entonces…
Ahí estaba.
La misma lógica.
Si no hubo infidelidad, quizá nada era suficientemente grave.
—Mamá.
Me giré.
—No quiero convencerte.
Ella se quedó