quieta.
—Solo necesito dormir.
—Elena…
—Mañana.
Entré en mi antigua habitación.
Cerré la puerta.
Me senté en la cama.
Y lloré.
Mucho.
No porque quisiera volver.
Porque abandonar algo que no te hace feliz también duele.
Hay una idea bastante cruel según la cual, si eres tú quien termina, no tienes derecho a sufrir.
Claro que lo tienes.
Yo estaba renunciando a tres años.
A la versión de Daniel que me esperaba bajo la lluvia.
A Islandia.
A la casa imaginaria.
A las conversaciones sobre hijos.
A todas las veces