sé.
—Entonces…
—Simplemente no querías algo mío en ese espacio.
Se quedó quieto.
No lo había pensado así.
Yo sí.
Durante demasiado tiempo.
—Puedo ponerla hoy —dijo.
Negué.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya no quiero.
—Estás haciendo esto imposible.
—No.
—Estoy facilitándolo.
Me acerqué.
—Ya no tienes que cambiar nada.
—Puedes seguir con tu coche perfecto.
—Tu muñeca perfecta.
—Tus horarios.
—Tus reuniones.
—Tu ex.
—Tu empresa.
—Tu vida.
Lo miré.
—Solo yo ya no voy a organizar la mía alrededor de todo eso.
Daniel estaba pálido.
—¿Hay alguien más?