Yo llegué después.
Los encontré hablando.
Cuando entré, mi madre pareció culpable.
—No lo invité.
Daniel se puso de pie.
—Vine a verla.
—Está bien.
Me sorprendió decirlo de verdad.
No me molestaba que visitara a mi madre.
Me había molestado que no lo hiciera cuando éramos pareja y yo necesitaba que lo hiciera.
Ahora ya no me debía ese gesto.
Curiosamente, sin obligación parecía hacerlo mejor.
Mi madre dijo:
—Voy a fisioterapia.
Nos dejó solos.
Daniel me miró.
—Se ve mejor.
—Sí.
—Me alegro.
—Gracias.
—¿Podemos tomar café algún