día?
—No.
Sonrió con amargura.
—Siempre respondes rápido.
—Porque ya pensé mucho.
—Yo también.
—Bien.
—Elena.
—¿Sí?
—Vendí el coche.
Parpadeé.
—¿Por qué me dices eso?
—No sé.
—¿Por la muñeca?
Sonrió.
—Tal vez.
—¿Dónde está?
—La StellaLou.
—En una caja.
—¿No la tiraste?
—No.
—Entonces no aprendiste nada.
Su expresión cambió.
—¿Eso crees?
—No tienes que tirarla.
—Daniel, ese es exactamente el punto.
Se quedó callado.
—No tienes que destruir tu pasado para demostrarme nada.
—Solo tenías que dejar de hacerme sentir que yo debía vivir alrededor de él.