que podía esperar.
Mi madre asintió lentamente.
—Eso sí duele.
—Sí.
—¿Vas a volver?
—No.
Esta vez ella no intentó convencerme.
—Bien.
Pasaron tres meses.
Daniel dejó de llamar diariamente.
Pero no desapareció.
Una vez envió una fotografía.
Islandia.
Una aurora boreal en la pantalla del ordenador.
Texto:
“Reservé para noviembre. Dos billetes.”
Respondí:
“Cancela el mío.”
“Podemos ir como amigos.”
“No.”
“No quiero llevar a otra persona.”
“Entonces ve solo.”
No respondió.
Otro día apareció en la clínica donde mi madre hacía rehabilitación.
Traía flores.
Mi madre lo recibió.