segundo.
Y por primera vez el recuerdo no dolió.
Cuando llevábamos seis meses, Tomás compró una pequeña figura para el tablero.
Un dinosaurio verde.
—¿Qué es eso?
—Mi contribución estética.
—Es horrible.
—Combina con tu muñeca.
—No combina con nada.
—Perfecto.
La dejó.
Nunca preguntó si podía.
Yo tampoco dije que no.
Dos objetos absurdos compartiendo espacio.
Eso era todo lo que yo había querido.
No la muñeca.
El derecho a dejar una pequeña parte de mí sin sentir que invadía un territorio sagrado.
Un día Daniel me escribió.
Habían