Él inmediatamente cambió de asiento.
Sin comentario.
Sin lástima.
Sin decir:
“No pasa nada.”
Simplemente cambió.
Aquello me llamó la atención.
Después de unas semanas salimos.
No fue una historia espectacular.
Fue tranquila.
Un día subió a mi coche.
Vio la Twinkle Twinkle.
—¿Cómo se llama?
Me reí.
—¿Por qué asumes que tiene nombre?
—Mira esa cara. Claramente tiene nombre.
—No sé.
—Entonces hay que ponerle uno.
Durante veinte minutos inventó nombres absurdos.
Yo me reí tanto que me dolió el estómago.
En algún momento pensé en StellaLou.
Solo un