hombres buenos quisieran estar con ella.
Sonreí.
Mi madre continuó:
—Ellos tuvieron suerte de que ella los eligiera.
Casi lloré.
Ella me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Come.
Algunas disculpas tardan años en terminar de pronunciarse.
Esa fue una.
Mi oído nunca volvió a estar perfecto.
Todavía a veces digo:
—¿Puedes repetir?
Tomás repite.
Sin suspirar.
Sin decir:
“Ya te lo dije.”
Sin convertirlo en un defecto de carácter.
Una noche le pregunté:
—¿Nunca te molesta?
—¿Qué?
—Repetirme cosas.
Pensó.
—A veces.
Me sorprendí.
—Ah.
—También me molesta cuando dejas cajones abiertos.