Y después otra vez.
Siempre casi a la misma hora.
Alrededor de las siete de la tarde.
Mi padre llevaba a Emma hasta el albaricoquero y la hacía pararse sobre una pequeña marca blanca que había dibujado en el suelo.
Luego se alejaba unos pasos.
Miraba a Emma.
Después al árbol.
A veces al cielo.
Y decía:
—No des ni un paso más.
Pronto empecé a notar otras cosas extrañas en el patio.
Había números escritos en pequeñas piedras al lado del árbol.
Un hilo rojo estaba atado a la