Mi marido pasó la tarde montando una fiesta para su primer amor mientras nuestra hija de cuatro años esperaba en la puerta del cole.

20:12 empezó a sonar el ascensor. Se oyó antes de abrirse, ese zumbido de cable. Me enderecé. Apreté la mochila contra el pecho.

Se abrieron las puertas.

Salió Nicolás con la camisa blanca por fuera del pantalón, el pelo mojado de sudor y sin americana. Corría a medias. Me vio y abrió los brazos.

Y en la manga izquierda, justo encima del puño, llevaba pegado un trozo de cinta rosa de globo, de esa que se riza con las tijeras.