Pero cuidarla no borró lo que yo había hecho.
La culpa aparecía en momentos inesperados.
Cuando encontraba una gasa en el baño.
Cuando la veía quedarse dormida sentada.
Cuando intentaba levantarse para lavar los platos y yo tenía que quitarle el trapo.
Siempre regresaban las mismas palabras:
“¿Quién es?”
“¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”
Una tarde mamá estaba en el balcón viendo a Sofía jugar con unos cubos.
Me senté junto a ella.
—Necesito hablar de aquello.
—Ya hablamos.
—No suficiente.
Suspiró.
—Laura…
—Quiero que me digas la