verdad. Cuando te acusé… ¿te dolió?
Mamá guardó silencio.
Esta vez no acepté que me protegiera.
Finalmente dijo:
—Sí.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Mucho?
—Sentí que todos los años siendo tu madre desaparecieron durante unos segundos.
Bajé la cabeza.
—Perdóname.
—Me pregunté cómo podía mi propia hija pensar eso de mí.
Las lágrimas me cayeron sobre las manos.
—Fui horrible.
—Tuviste miedo.
—Eso no justifica juzgarte.
—No.
Aquella respuesta me dolió, pero también la necesitaba.
No quería un perdón inventado para tranquilizarme.
—¿Puedes perdonarme?
Mamá observó a Sofía.