Cuando vi crecer el vientre de mi madre después de seis meses cuidando a mi bebé, pensé que nos había ocultado algo imperdonable. “¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”, le reclamé mientras ella apenas podía mantenerse en pie. No discutió; solo se alejó. Más tarde revisé la cámara y descubrí que llevaba casi un año guardando un secreto mucho más doloroso de lo que imaginé.

un hombre llamado Tomás que tenía un puesto de fruta en el mercado y siempre apartaba para ella los mejores duraznos.

—¿Te gustaba? —pregunté.

Mamá soltó una carcajada.

—¡Qué metiche eres!

—Eso significa que sí.

Se quedó mirando hacia afuera.

—Era buena persona.

—¿Y por qué nunca pasó nada?

—Yo estaba ocupada sobreviviendo. Y luego me acostumbré a estar sola.

Aquella frase me dolió.

Durante años pensé en mamá solamente como mamá.

Nunca como Rosa.

Una mujer que también pudo enamorarse.

Que tuvo sueños.

Que sintió soledad.

Que quizá necesitó