Cuando vi crecer el vientre de mi madre después de seis meses cuidando a mi bebé, pensé que nos había ocultado algo imperdonable. “¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”, le reclamé mientras ella apenas podía mantenerse en pie. No discutió; solo se alejó. Más tarde revisé la cámara y descubrí que llevaba casi un año guardando un secreto mucho más doloroso de lo que imaginé.

Hubo consultas, medicamentos y noches difíciles.

Hubo días en que mamá no podía probar bocado.

Otros días pedía arroz rojo, caldo de pollo o gelatina de limón y se comía casi todo.

Hubo mañanas en que Sofía entraba tambaleándose en su cuarto y gritaba:

—¡Aba!

Mamá abría los brazos aunque estuviera cansada.

—Ven acá, mi chaparrita.

También hubo conversaciones que durante treinta años nunca habíamos tenido.

Descubrí que antes de casarse con papá quería ser maestra.

Que de joven había cantado en fiestas del pueblo.

Que después de enviudar había