que cuidaba a Sofía.
La mujer que hacía la comida.
La mujer que “siempre podía”.
Su salud empezó a empeorar después de varios meses.
Primero lentamente.
Después, muy rápido.
Una tarde me llamó a su habitación.
—Quiero regresar a Puebla.
—¿De visita?
Negó.
Entendí inmediatamente.
—Mamá…
—Quiero estar en mi casa.
Mi primer impulso fue decir que no.
Allí no teníamos los especialistas de la ciudad.
El hospital quedaba lejos.
Yo tenía miedo de que ocurriera una emergencia.
Pero entonces recordé algo que había escrito al reverso de aquella hoja