que encontré en la maleta:
“Si algún día ya no hay nada razonable que hacer, quiero volver a mi pueblo. No quiero que Laura confunda retenerme con salvarme.”
Por eso aquella frase me había dejado helada.
Mi madre me conocía.
Sabía que yo iba a querer convertir mi culpa en una guerra contra lo inevitable.
La miré.
—Vamos a organizarlo.
Viajamos unos días después con el apoyo de su equipo médico.
Diego condujo.
Sofía y yo fuimos atrás con mamá.
Cuando llegamos, las vecinas comenzaron a aparecer con ollas, pan,