respirar.
—Solo tienen que saber volver.
Esas fueron sus últimas palabras claras.
Cuando su respiración se detuvo, apoyé la frente sobre su mano.
No grité.
Solo dije:
—Gracias por haberme esperado.
Después del funeral encontré una caja debajo de su cama.
Había una carta para Diego.
Otra para Sofía.
Y una para mí.
La abrí sentada en el mismo cuarto donde dormía cuando era niña.
“Laura:
Si estás leyendo esto, seguramente ya me fui.
Puedes llorar. Nada más acuérdate de comer.
No quiero que conviertas aquella tarde del baño en