todavía trabajaba algunas mañanas en el mercado.
Cuando vio a Sofía apareció con una bolsa de duraznos.
Mi hija tomó uno.
—Gracias, abuelo Tomás.
El hombre se quedó inmóvil.
Después se quitó el sombrero para esconder que se le habían llenado los ojos de lágrimas.
No la corregí.
Fuimos al cementerio.
Sofía dejó sobre la tumba un dibujo donde aparecían cuatro figuras tomadas de la mano.
—Esta es abuela Rosa —dijo señalando la más grande.
Me senté frente a la lápida.
—Mamá, sigo aprendiendo.
El viento movió las flores.
Y