escritorio.
—Santiago.
Sonreí.
—Don Ernesto.
Nos dimos la mano.
—Parece que ha pasado mucho tiempo.
—Demasiado.
Me acompañó hasta la tumba de mi madre.
Limpié las hojas secas que se habían acumulado alrededor de la lápida y coloqué las flores junto a su nombre.
Después permanecí unos minutos en silencio.
No le conté todos los detalles.
Solo le hablé de mi trabajo, de la casa y de las pequeñas cosas que había vuelto a disfrutar.
Le conté que había aprendido a cocinar algunos de los platos que ella preparaba.
Le