Lucas me contó:
—No. Aprendí que ayudar a alguien no significa permitirle decidir cuánto debe costarte su problema.
Cuando escuché aquello, supe que había cambiado.
No porque estuviera de mi lado.
Porque había aprendido a poner su propio límite.
Los años pasaron.
Emma creció.
Clara se casó también, pero eso es otra historia.
La víspera de su boda apareció en mi habitación.
—Mamá.
—¿Qué?
—No quiero apartamento.
La miré.
—Ni siquiera ofrecí uno.
—Por si acaso.
Sonreí.
—Qué considerada.
—Quiero una cosa.
—¿Cuál?
—El brazalete de la abuela.
Aquello valía