muchísimo menos que una propiedad.
Y significaba muchísimo más.
Se lo entregué.
Durante su ceremonia, cuando su esposo me ofreció té, no hubo insultos en idiomas extranjeros.
Solo manos nerviosas.
Risas.
Y un sobre.
Esta vez el sobre llevaba algo bastante más generoso que cien dólares.
Vanessa estaba sentada a mi lado.
Cuando lo vio, se inclinó.
—Favoritismo.
La miré.
—Clara no me llamó bruja.
—Detalle menor.
Sonreí.
—Además tú recibiste algo mejor.
Arqueó una ceja.
—¿Qué?
—Una educación práctica.
Vanessa casi se atragantó.
Años atrás aquella broma habría sido