que nadie había querido decir en voz alta durante dos años.
“¿Tú sabías?”, preguntó con una calma peligrosa.
Sebastián abrió la boca, pero no salió nada. Sus ojos iban de Mariana a los niños, de los niños a su madre, de su madre al piso.
“No”, dijo al fin. “Te juro que no sabía.”
Renata soltó una risa pequeña,
triste, casi sin aire.
“Tal vez no sabías de ellos. Pero sí sabías que tu corazón nunca estuvo conmigo.”
Sebastián intentó tomarle la mano. Ella retrocedió.
“Durante dos años te pregunté