Sebastián. No gritó. No lloró. Había aprendido que, frente a gente acostumbrada a imponer miedo, la calma podía ser una forma de espada.
“¿Custodia?”, preguntó.
Dolores levantó el mentón.
“Son Mendoza. No puedes pretender que 3 niños con esa sangre vivan escondidos en Morelia como si no tuvieran futuro.”
Mariana sonrió apenas, sin alegría.
“Curioso. Hace 4 años, esa
misma sangre era un problema médico que usted usó para humillarme.”
El abogado carraspeó.
“Señora Ríos, la familia solo quiere garantizar el bienestar de los menores.”
“Licenciado”, respondió Mariana, “si vuelve