trillizos corrían entre las sillas. Andrés ayudaba a acomodar a los invitados. Nora repartía agua fresca. Sebastián llegó con flores sencillas. Dolores apareció detrás, callada.
Por un instante, los adultos se miraron. No eran una familia perfecta. Ni siquiera una familia completa. Eran personas intentando no seguir dañando a los niños con decisiones tomadas desde el orgullo.
Mariana subió a una pequeña tarima.
“Este lugar es para quienes alguna vez escucharon que no eran suficientes”, dijo. “Para quienes fueron medidos por su dinero, su apellido, su origen, su cuerpo o