la
idea ajena de lo que una vida debería ser.”
Miró a sus hijos. Luego a Sebastián. Después a Dolores.
“Nadie tiene derecho a decidir el valor de otra persona solo porque esa persona no cabe en su versión de familia.”
El aplauso llenó el patio.
Sebastián lloró.
Dolores también.
Y Mariana, la mujer que había sido invitada a una boda para ser humillada, estaba de pie frente a todos, más alta que nunca.
No porque hubiera destruido a quienes la despreciaron.
Sino porque había construido una vida tan llena