directamente.
—Ahora me gusta la mujer que se enfada cuando alguien desperdicia el arroz, que se preocupa por sus animales antes que por sí misma y que, aun teniendo motivos para odiar a todo el mundo, sigue abriendo la puerta a quien necesita ayuda.
Noté cómo me ardían las mejillas.
—Hablas demasiado bonito para ser agricultor.
Se rio.
—Tengo otros defectos.
—¿Por ejemplo?
—Soy muy terco.
—Eso ya lo había notado.
La tranquilidad duró menos de un mes.
Un día recibí una carta del ayuntamiento.
Decía que parte de mis