Las letras estaban torcidas y algunas palabras eran casi ilegibles.
—Porque estás aprendiendo —respondió—. Y porque nadie debería aprovecharse de eso.
Sentí una vergüenza repentina.
—Soy una ignorante.
Lu Zheng dejó el papel sobre la mesa.
—No. Has tenido que trabajar desde niña y nadie te dio la oportunidad de estudiar.
Se sentó a mi lado.
—Si quieres aprender, yo puedo enseñarte.
Miré su mano extendida.
Y recordé otra mano, tres inviernos atrás, guiando mis dedos para escribir mi nombre junto a la chimenea.
Por un instante me invadió el