preguntaba cómo había conocido a mi marido, siempre contaba la misma historia.
Decía que una vez estuve casada con un hombre al que encontré herido en la montaña.
Que lo cuidé durante tres años.
Que cuando recuperó su fortuna decidió marcharse con otra mujer.
Y que yo, desesperada porque no tenía quien me ayudara a recoger el arroz, pedí que me enviaran un hombre.
Nadie terminaba de creerme.
Mucho menos cuando Lu Zheng aparecía con nuestra hija en brazos, la camisa arrugada y los zapatos llenos de barro.
Pero era