En Jaca, mi marido firmó sin leer mientras sostenía a nuestra hija enferma y nuestro hijo llevaba las botas rotas. «Tu madre sabe cuidarla», dijo antes de marcharse con Cristina. No lloré: guardé el convenio de divorcio y compré 3 billetes para León. En la carpeta quedaba otra firma que él tampoco recordaba

en una cama hospitalaria, abrazada a un pequeño conejo de peluche.

En otra, Hugo estaba sentado junto a ella, sujetándole la mano.

Parecían mucho más pequeños de lo que Javier recordaba.

—Quiero verla —susurró.

—Podremos organizarlo cuando los médicos y Lucía consideren que es adecuado.

—Soy su padre.

—Entonces empiece a comportarse como el padre que necesitan, no como el oficial que está acostumbrado a dar órdenes.

Javier salió del despacho sin discutir.

Era la primera vez en años que alguien le hablaba con tanta firmeza sin que él intentara