mucho tiempo, Lucía volvió a sentirse orgullosa de sí misma.
Con su primer sueldo compró botas nuevas para Hugo, un abrigo para Martina y una pequeña lámpara para la habitación de los niños.
Después pagó algunas deudas pendientes.
No le sobró demasiado.
Pero aquella noche durmió tranquila.
Ya no necesitaba esperar a que Javier decidiera si sus hijos merecían algo.
La primera videollamada familiar se celebró semanas después, cuando Martina se había recuperado completamente.
Javier apareció en la pantalla con aspecto cansado.
—¡Papá! —gritó la niña.
Él sonrió emocionado.
—Hola,