dice que esperemos».
Javier sintió vergüenza.
Recordó que Lucía había sido una profesora brillante antes de casarse. Había renunciado a varios contratos para acompañarlo durante sus destinos militares.
Él le prometió que algún día volvería a enseñar.
Nunca volvió a preguntarle por aquella promesa.
La vecina, Rosario, llamó a la puerta.
—Tu mujer me pidió 50 euros para comprar medicinas.
—¿Por qué no me lo dijo?
Rosario lo miró indignada.
—Te lo dijo delante de mí. Le respondiste que Cristina también tenía problemas y que dejara de comportarse como una