panadería el día que Miguel murió.
Mi hija lo recordó.
Mi cuerpo se movió antes que mi mente.
Fui hacia la puerta, pero Dante me sujetó.
—No.
—¡Mi hija!
—Si sale corriendo, la usa contra usted y la mata.
La bofetada de realidad me dejó helada.
—Entonces haga algo.
Dante se inclinó hacia mí.
Sus ojos eran negros, fríos, absolutamente despiertos.
—Voy a traerla.
—No me deje aquí.
—Si viene, obedecerá cada palabra mía.
—Sí.
—Aunque le diga que se agache.
—Sí.
—Aunque le diga que cierre los ojos.
—No.