bajo la nieve, con una bolsa de farmacia.
Abrí la puerta.
—¿Está loco?
—Nico dijo que Sophie tenía fiebre.
—¿Y vino a las tres de la mañana?
—La farmacia veinticuatro horas estaba abierta.
Le quité la bolsa.
Había medicina, termómetro, suero, paletas de hielo y un oso de peluche con cara de haber sido comprado en pánico.
—Dante.
—No sé comprar cosas para niños enfermos.
—Se nota.
—El oso parecía resistente.
Me reí en voz baja.
Él me miró como si ese sonido valiera más que cualquier deuda saldada.
Y