sobre los ventanales, eso era lo más peligroso que me había pasado nunca.
No una traición.
No una guerra.
No un enemigo con un arma.
Sino una niña de cuatro años cubriéndome con una manta y susurrando:
—Mami dice que nadie debería estar solo.
Porque después de eso, ya no pude seguir fingiendo que estar solo me hacía invencible.