En Nochebuena, mi padre me empujó desde el segundo piso porque, según él, yo había arruinado su contrato millonario. Me dejó casi dos horas a diez grados bajo cero, sin llamar a una ambulancia. “Eres una vergüenza para esta familia”, fue lo último que escuché. Días después desperté en el hospital y mi tía me entregó una carpeta de mi madre fallecida. Al abrirla, entendí por qué mi padre estaba a punto de perderlo todo…

por homicidio en grado de tentativa y otras conductas que determinaría la investigación. Verónica quedó bajo investigación por su participación en el encubrimiento y por negarse a pedir auxilio. Renata tuvo que entregar su teléfono y declarar.

Pero ni siquiera en el hospital me sentía a salvo. Cada vez que cerraba los ojos volvía a caer.

Tres días después, mi tía Elena llegó con un portafolio antiguo. Lo puso sobre la mesa de mi habitación y se sentó junto a mí.

—Hay algo de tu mamá que nunca te conté —