Renata. Me contaba que trabajaba largas jornadas, que su madre estaba enferma y que ambas habían cambiado. Al final me pedía ciento cincuenta mil pesos para pagar tratamientos y deudas. Prometía devolvérmelos. También escribió: «Somos familia, Lucía. No puedes abandonarnos».
Leí la frase varias veces. Me recordó las ventanas cerradas y la música que seguía sonando mientras yo me congelaba afuera. No sentí satisfacción por sus dificultades. Sabía lo terrible que era necesitar ayuda. Pero comprendí que perdonar, si algún día llegaba a hacerlo, no significaba volver a entregarles el